“Acá está el Sahara”

Fabiana Mercedes Torres es pampeana, empleada Municipal de Santa Rosa (con licencia sin goce de haberes por un año), su vida está atravesada por situaciones muy duras que la pusieron a prueba y tras sufrir un ACV comenzó a correr sin límites, a tal punto que sus piernas y determinación le han permitido realizar más de 5500 kilómetros en el llano, la montaña y el desierto. Hace varios meses dejó todo en la tierra que la vio nacer, crecer y desarrollarse y con la sola compañía de su bicicleta cargada con alforjas salió a recorrer el mundo. Desde Argentina a España, y luego al desierto del Sahara para encontrarse ahora en Marruecos, esperando el momento de cruzar el mar para volver a España.
Fabiana no para de andar ni de protagonizar múltiples experiencias de vida mientras sigue cristalizando en letras sus vivencias, las que tendrán como producto final un libro, cuyo borrador seguimos compartiendo hoy.

Extracto borrador de mí libro:

Me cosí Alas.

El viaje de mí vida. Por Fabiana Mercedes Torres (Tanger, Marruecos, Africa del Norte).

Meknes-Rizzani-Merzuga-Erg Chebbi-

La Medina de Meknes, al llegar impacta, está a 62 kilómetros de Fez en una ruta muy linda, pasaron rápido los kilómetros.

En el camino tuve un encuentro humano, con una rural y un niño, ellos iban detrás de mí, paré a tomar agua y detuvieron su marcha también, continúo muy despacio, era una cuesta larga y en un momento decidí subir tirando LA LAURA … volteó mí cabeza y ellos seguían tras mis pasos. Espero que lleguen dónde estaba y los saludo en francés, el idioma que predomina en esta región – Bonjour ça va. Me responde con un tímido -Très bien merci.

Les regalo un paquete de donas a cada uno, saludo con mí mano y sigo viaje. Por el espejo retrovisor los observo, se quedaron junto a su rebaño comiendo las donas… yo feliz, esos pequeños encuentros que nos hacen sentir más humanos.

Mi mirada se pierde en la ciudad, se puede ver desde lejos con sus grandes puertas de entrada a la Medina, una fortaleza de paredes muy anchas, una ciudad imperial amurallada, bellísima.

De ahí debía tomar el micro a Merzouga ni héroe ni heroína. Las localidades entre los atlas no me dan tiempo para llegar de una a otra, y no sé, si tengo donde dormir, ME AMO ME CUIDO … depende de mí.

Busque la estación de bus lo mejor es Suprator, pero la aventura se encontraba en viajar como el resto de la población, entre gallinas, jaulas, garrafas, olor a comida y turbantes.

Para ello hay que atravesar la ciudad, autos y caos reinan por doquier, es largo e interminable el recorrido, ya que debo ir muy despacio y preguntando para encontrarla, sabía de su existencia, pero no el nombre para buscar en el GPS del móvil, mi mejor arte desarrollado preguntar.

No hay señalización dentro de la ciudad, pero a diferencia de otras localidades, sus calles son muy anchas, todo el recorrido es en subida, se siente cada pedaleada.

Al llegar se me iluminó la cara como cuando era niña, frente a una aventura, era un lugar mágico por el caos dentro del caos. Veo que debo subir una rampa, muchos hombres rodean la bici ¿ofreciendo no sé qué?… Cuando me ven encarar para subir se hace silencio y observan, creo que querían saber si iba a poder… confieso saqué fuerzas no sé de dónde, era corta pero muy empinada… una vez arriba continúa el espectáculo, la pausa estaba sincronizada con mi subida, me siguen hablando, pero estaba tranquila, sabía que estaba tan expuesta que no me pasaría nada. Digo fuerte y contundente- no, no con las manos mi cuerpo también. Muchos se van, quedan tres, luego dos, les digo sin mirarlos Merzuga, y encaró a una boletería, a la única que hay, todo escrito en árabe, uno me dice: Mademoiselle aquí.

Sigue él con un papel y lapicera a explicarme lo que yo ya sabía, el micro salía a las 23 hs, pero me ofrecía un servicio que salía a las 16,30 hs a Rizzani y luego tenía 45 km más a Merzuga, le dije espera con la mano, busqué sí existía esa localidad en mi aplicación, y los kilómetros a mi destino, necesitaba saber si era real, efectivamente existía Rizzani. En 2 hs partía para los Atlas.

Pude subir a La Laura sin desarmar en el bus, con la ayuda de varios señores que me miraban raro, mis trenzas bailaban con mi cara de alegría.

Faltaba una hora para partir y todos musulmanes subían al micro, ni una sola mujer, hasta que veo una chica, que se monta, voy casi corriendo, era mi compañera de viajes. Le pedí permiso con la mirada, escribí en el traductor si podía viajar con ella, me pidió el teléfono me grabó su número y comenzamos a comunicarnos por whatsApp, la agendé como amiga de Meknes.

Salimos a una ruta imponente, se me salían los ojos como a un niño con juguetes nuevos, un paisaje de geografía de la secundaria, pintado en los mapas de África.

Los Grandes Atlas, en ellos habitan los Berebere una de las grandes etnias de África del Norte. El paisaje es increíble, mis compañeras de viaje son también las palmeras al borde de la carretera, las quebradas de piedra, las montañas con su abanico de colores casi rozan el horizonte, se divisan profundos barrancos cortados por ríos de agua que bajan por las montañas.

Gracias a Dios encontré una hermana de viaje, le regalé una manzana, mucho más no tenía, y en una parada me invitó a comer. Me tomó de la mano y caminamos por un pequeño laberinto lleno de humo, de las barbacoas en penumbras, casi no se veía, ella en su mundo, yo descubriendo todo, en un momento fui a mirar el micro, con su rostro, sus manos y su mirada me hace tranquila. Nos dan la comida, pagué yo, la invité, subimos nuevamente para seguir viaje.

Luego de 2 hs más se dispone a bajar, se queda en Erfoud, habla en árabe con un hombre, regresa a mí, me toma la mano y confieso que mis ojos se llenaron de lágrimas, se sacó un anillo y me lo colocó en el dedo de la alianza, el dedo anular de la mano izquierda, fue una mezcla de emociones, gratitud y risa. ¡Nunca más volvería a casarme!. Se tocó su corazón y nos abrazamos, bajó del micro mi Ángel del camino.

Seguí sola rumbo a Rizzani en un micro lleno de Berebere.

Tres de la mañana llegamos, el horario era las 23 hs. Descendí del micro y fui buscar La Laura que había entrado sin necesidad de desmontar nada, muchas emociones, habíamos atravesado Los Atlas, con la humildad de saber que estando sola la única manera de lograrlo era en bus. No me daban las horas de luz para ir de una localidad a otra y debería acampar en ruta, No, máxime mí tienda estaba en Tarifa, España. Confieso tenía temor, había guardado mis trenzas adentro de la gorra, era lo desconocido de lo desconocido a esa hora. Un hombre viene y me dice -No, yo la bajo espere señorita- confieso mi cara de asombro quedó paralizada ante ese español hablado ante mí, -la acompañó al hotel, su amiga del bus me dijo-, en ese momento entendí cuando mi compañera y ángel de este trayecto de viaje me abrazó y me miró antes de descender, había arreglado mi llegada a una hora inexplicable a una pequeña población de nómadas del Sahara.

Mohammed Ali, es Berebere y habla bien español, era quien venía sentado delante de nosotras y «Zainab» le había pedido que me cuide.

El hotel, sólo decir que tardé una hora más en entrar, me senté en un bloque de adobe, a esperar en una noche de luna llena que me permitía ver todo a mi alrededor, cerca mío dormían unos hombres en la calle unos metros más adelante burros atados como en un estacionamiento y carros tapados con mantas, ellos nunca se enteraron de mi presencia, reinaba el silencio absoluto, solo por momentos entrecortados por el bullicio de quienes intentaban hacer que consiguiera dónde dormir.

No obstante, era segura la calle para pasar la noche, allí pues le dije en un momento que no se preocupara que tenía mi saco vivak y podía dormir ahí afuera, -no señorita no, no.

Mohammed y dos señores más hablaban, no entendía sus palabras, pero sí sus gestos, discutía el precio, yo quería descansar estaba agotada. Luego de un rato y de probar les aseguro más de 50 llaves para ver cuál era de las habitaciones que me iban mostrando, por fin en la habitación y… -No, no, dice Mohammed que me custodiaba, era espantoso el lugar- después de recorrer más de nueve cuartos, bingo la suite presidencial..jajaja.

Otra aventura, tomé mi bolsa de dormir, nunca desarmé esa cama, podía haber un muerto entre tantas lomas que dibujaban su silueta, dormí metida en mi bolsa, dejé la luz del baño prendida, había más ventanas que paredes, el olor a encierro me envolvía a tal punto que dormí con el paff de Ventolin a mi lado, era propicio todo para un ataque de asma, que gracias a Dios no fue. Dónde conducían esas ventanas no sé, miré las aseguré y lo más importante la puerta tenía llave, del baño me separaba una lona puesta con alambre, lo más parecido a un tendal, dejaba pasar algo de luz para estar atenta, el lugar realmente era imposible para una persona cuerda…ya dudaba de mí.

A las 9 hs salí a la vereda y me encantó el lugar, caravanas de camellos atravesaban el pueblo, carros con zanahoria, tomates, gallinas en jaulas, corderos en fila para el mercado, las alfombra apiladas, solo me faltaba encontrar a Aladdín, lod turbantes de diferentes colores y vestimentas, unas mujeres que me increparon al verme con los pelos sueltos y sin nada parecido a ellas, fui el mismo demonio por unos minutos, les respondí con una de mis armas… una sonrisa.

Los bares repletos de hombres, no van las mujeres allí, pero me senté a desayunar, me acomode mi gorra, saludé a todos como la Reina de La Comparsa, me sentí respetada, estaba con Mohammed y su primo, uno de la misma etnia que vive en México, habíamos quedado en encontrarnos allí, hablamos sobre el origen del mercado y tomamos un té de menta juntos.

Un burro cargado de jaulas con gallinas pasa delante nuestro, otro con grandes vasijas que contenían agua, ¡guau!!! esto es una película pensé, iba descubriendo más y más.

El té de menta perfumaba el lugar, me había ganado todas las miradas del pueblo, lo cuál me pareció natural una gringa en bicicleta sola llega a la madrugada… estaba feliz descubriendo este mundo, las construcciones todas de adobe, con una arquitectura bellísima, lo árido del paisaje se llenaba de vida con formas muy cuidadas y detenidas en el tiempo.

Los nomás del Sahara hasta el siglo pasado, paraban en Rissani para comercializar con oro, alfombras y dátiles para adentrarse luego al desierto.

Me contó la historia del Mercado, increíble allí llegan los Tuaregs que son un pueblo Berebere del desierto, los judíos y árabes a buscar provisiones. Hay muchas Kasbah, son ciudadelas construidas en adobe, decoradas con motivos geométricos absolutamente definidos de una manera muy pura y perfecta, cada foto que sacaba me quedaba mirando la perfección que se refleja en esta cultura.

Todas estas etnias saben lo que es luchar por vivir, el pastoreo de sus animales, prepararse para las épocas de sequía, transportar sal. La identidad tuareg siempre se ha mantenido ligada a la supervivencia en un entorno hostil como es el desierto, un día te puede dar la temperatura más extrema, de calor o frío.

Fue Rizzani una de las paradas obligadas de la Antiguas “autopistas transaharianas” que aún está presente entre los escasos nómadas del desierto, pero con mercancías menos “de leyenda” y yo parada abre el cartel de entrada al mercado que dice «marche des caravanes”, el cartel guarda la historia de mercado.

Desde el siglo XIV está tradición se mantiene viva y presente.

Todo lo que producen en el desierto de artesanías van allí y se genera el trueque y las ventas, que la gente que llegan en cantidades, de otras ciudades cercanas y turistas, conviviendo ambas modalidades. Un lugar está destinado a estacionar los burros que es el medio de movilidad más común de los habitantes de la zona, es como una gran playa de estacionamiento.

La exaltación de mis sentidos era inevitable el puesto de especies más bello que vi en mi vida, me reciben con un té de mezcla de especias. El dueño encantador le preguntó si hacía mucho se dedicaba a este arte, lo pensé como Alquimia de los sabores, me responde -nací así, todo con una gran sonrisa me lo va diciendo, mis padres y padres de mis padres, nuestra misión es que usted sienta este momento único, salud.

Un español perfecto y yo. Antes muerta que sencilla, estaba cuidadosamente maquillada con un brillo sutil en mis labios, le regaló una gran sonrisa y un salud.

Fuimos con Mohammed a recorrer el mercado. Ahí comenzó nuevamente la indagación tienes novio, yo soy soltero, confieso ya perdí la paciencia para esto, – tengo novio… sí sí.!!!.Creo que no le importó, me hace escuchar un poema con música, me invitaba a comer a su casa…no todo muy loco, saco mi celular y me pongo como si fuera hablar con alguien, obvio mi novio, – le digo quieres hablar con mi novio, esperaba un no de parte de él y así fue, del otro lado no había nadie. Pero cómo explicar en un mundo dónde estar casado es fundamental que yo estoy sola y feliz, no quería perder tiempo en esto…de explicarle a él de la vida y los amores, somos de mundos diferentes.

En una tienda de alfombra, me enseña el dueño las estrellas bordadas en ellas como marcando el rumbo en el desierto, la Constelación de la Osa Menor, la Estrella Polar, Constelaciones del Cisne, la Flecha, el Delfín, un hermoso diálogo, sus manos me guía en el firmamento sobre la alfombra y luego otra (yo anotando todo en mí libreta de viaje), había explicado que no compraría nada, que estaba viajando en mi bici, hecho que sabía todo el pueblo, de mí presencia, igual el me dedica su tiempo.

Me llama entre alfombra y cortinas para otro lugar me invita a sentarme, té de menta de por medio y trae un arcón de madera, insisto que no tengo dinero, Madame por favor es un honor para mí que una mujer como usted conozca mis joyas… justo a mí que no utilizo nada de nada, voy aprendiendo a ser agradecida y me probé todo. Por un momento, varios señores me observaban, seguramente con la timidez que tocaba cada pieza, no utilizo joyas, mí única joya es la sonrisa que logré tener a los 50 años.

Me despido con un apretón de manos y unas fotos.

Mohammed me miraba con ternura y respeto, yo decidí ese mismo día irme. Por él conseguí un contacto que me esperaba a 45 km de allí, pasando Merzuga para ir al desierto en total casi 70 km los haría en el día, solo que eran las 11 hs, era tarde, debería haber salido a las 5 hs al amanecer, pero me sentí muy observada por mí joven pretendiente, prefería irme.

Cargue 6 litros de agua y naranjas.

Salimos con La Laura para el desierto, el viento es suave, pero no para de soplar, la carretera es impecable, me hace pasar momentos de pensar que no nos movemos, que estamos estáticas, que nos anuncian la posibilidad de una tormenta de arena…quizá. No fue así, solo una fantasía mía.

Llegué a la Merzuga, luego de 5 hs de ruta, La Laura estaba muy pesada, más el calor tremendo y el viento, fueron muchas horas para no tantos kilómetros, paré muchas veces a hidratarme, en una carretera desolada, de allí me dirijo a la estación de servicio África donde me encuentro con un equipo de motos español que habían ido a Erg Chebbi a entrenar en las dunas, me sacó el casco para descansar un momento y al ver que era mujer se acercan a mí, establecemos un diálogo, fluido y de respeto, les cuento de mi viaje y ellos de sus entrenamientos, uno de ellos me dice – Mira guapa pues eres guapa, tía, que coños haces aquí, es inviable tu viaje- Me pongo el casco sonrió y les digo adiós a todos ellos….no había respuesta posible.

Unos metros más adelante me esperaba el contacto de Mohammed para indicarme el camino, sabía en qué vehículo estaría y un cruce de miradas fue suficiente, le di los 20 euros para guiarme, 200 dirham, a Erg Chebbi, allí están las dunas más grandes de Marruecos, con cerca de 30 kilómetros de longitud y 8 de anchura.

En el camino me ofrecen un baño de arena, estar enterrada en la arena, tiene propiedades curativas para algunas afecciones óseas, y te ofrecen hacerlo de manera insistentemente. Yo necesitaba un baño de agua. Hay de todo en este mundo, la diferencia que te entierran vivo y la cabeza queda afuera, dato fundamental.

Uno de mis objetivos era ver la frontera con Argelia, está cerrada desde el año 1994, pero sabía que los pasos fronterizos están y quería verlos, estaba muy cerca. Me cuesta entender que los países peleen por tierras que son aparte no habitadas, termina el desierto y comienza una gran meseta y luego montañas, allí está el control de paso, a la noche se ve muy bien.

La bici quedó en el albergue de los Berebere, es imposible en la arena.

Conocí a una persona encantadora y bella desde lo simple de vivir el momento Abd Ellah, él y su camello Abdul, eran mis compañeros, dice Abd que Dios puso el camello en la tierra para que el Berebere no esté solo y que entre ellos hablan.

Cerca de nuestra jaima, 5 km antes aproximadamente están las turísticas que son muy, muy carpa, tienda en fin, cada uno busca lo que quiere, priorizó los encuentros humanos y eso estaba logrando.

A la vez, fue un encuentro con Dios y el Universo el que pude tener ahí, al caer el sol no pude más que agradecer, el gayatri mantra y mí japa mala me acompañaron con las palmas de la mano hacia el cielo, cuando abrí mis ojos la luna le daba brillo, y Abd sin entender, pero con respeto, sentado a mi lado.

Le pregunté algo muy tonto a él, no utilizas reloj, para que quiero, me respondió. Claro pensé yo, el desierto es atemporal e infinito, es el único lugar donde vi el sol y la luna a la vez en su máximo esplendor.

Llegó la noche y una tajine con papas era la cena, que nos dejó la Berebere de otra jaima, pero antes mi amigo trajo agua y con un gesto pidió mis manos para lavar.

Luego de cenar, me dispuse a contemplar el cielo y comprendí, que Cielo y tierra son lo mismo, sólo depende de cómo lo miramos, las estrellas se veían sobre la arena dorada bañada por el brillo de la luna. Somos Universo por qué todo está dentro de nosotros y afuera de nosotros, en una continuidad como de un puente infinito. Que cuando no logramos ver, bloqueamos ese puente hacia la Vida, hacia el Universo, y nos quedamos en un solo plano, pero si logramos cruzar todo se ve diferente, con toda la dualidad de la vida siendo parte de nuestra existencia y la aceptación de todo, la vida no es color de rosas, la vida requiere de toda la esencia de lo bueno y lo malo para que aprendamos a crecer espiritualmente siendo conscientes de discernir para realizarnos como humanos.

La gratitud invade mí corazón y nubla mí mirada, en el Sahara terminaba de dejar mí carga la que la vida me había dado, en esta nueva oportunidad me permitía soltar. Me veía chiquita y gigante en este pequeño gran e infinito lugar del Universo, estaba conquistando mi vida, mi existencia, estaba cruzando el puente. El frío del desierto se hacía sentir, dibujé siluetas en el horizonte de alegría, esa alegría que da calma, que se siente liviana, aquí no había gravedad, nada me pesaba. Me dibuje, niña que ya amaba la aventura con mi bicicleta verde que madre me había podido comprar, adolescentes que estudió italiano soñando ir algún día a Italia, mujer arriba de mí bicicleta, aventurera de nuevos horizontes en solitario, me dibujé con alas que me cosía sola, estaba ya en el proceso alquímico, estaba logrando transformar el dolor en experiencia de vida.

Entrada la noche lo veo a Abd con sueño, compartíamos la Jaima, que les aseguró, entraba muchas personas, era muy grande, así que nos disponemos a dormir.

Me llevo su sonrisa, sonrisa liviana y sin prisa, la que la vida le da al concebirla como presente, cada momento es el mejor, así viven los Berebere, les preguntas algo que no es del momento y te dicen, no mañana.

En la jaima los tejidos son tan calentitos que no se pasa frío, a pesar de tener muchas entradas de aire. A la mañana me despertó a las 5,30 hs el quería que yo viera el amanecer, así que comenzamos nuestro regreso al albergue duró unas 3 hs o algo más, caminando no quería subirme al camello éramos un equipo de 3, éramos el silencio y la vida en cada paso.

Todo se sucedía como en una escena de un teatro, el telón se corría mágicamente para mostrar el paisaje, el telonero era el Sol. No quería soltar esa escena, sentí que dejaba algo más de mí vida allí, mí sonrisa era imposible de borrar de mi rostro, lo había logrado, crucé mi puente, había llegado al Sahara sola y allí sentí que Dios me otorgaba la bendición de la alquimia, transformar mí vida con una fuerza poderosa llamada fe.

Ya en el albergue y para desayunar Abd no venía, yo tenía hambre, salgo a buscarlo, estaba en la cocina desayunando con los demás Berebere sentado en un rincón en el piso -¡hey amigo  Vamos te estoy esperando tengo hambre! …se levantó con una sonrisa y me agradeció. Desayunamos juntos, por favor la sumisión de los pueblos me parece violenta, seguir separando por castas a la Humanidad …debía partir, cargue todo en La Laura y unas 5 horas me separaban de mi destino en Merzuga, sacamos fotos con la bici, nos dimos un fuerte apretón de manos, me dice -hey amiga si vuelves vamos a la jaima, tú eres buena chica, ¡pero espera, no partas!- sé retira su turbante, eran 12 mts de tela, me ayuda a colocármelo, para él era la forma  de despedirme, saque mí casco y dejé que realizará su arte para que no se caiga de mí cabeza, luego busqué su significado, representa la belleza, protección, sabiduría, respeto, orgullo…

Decir sólo que los encuentros humanos son aprendizajes, si sabemos ver en el otro más allá de las palabras, mi amiga de Meknes y mi amigo Berebere, me dieron maravillosos aprendizajes, dar nos humaniza, dar desde nuestro ser, en el amor a los demás y así crecemos, eso sentí de ella, no hay otra forma la vida debe y tiene que ser así, dar lo mejor en cada momento.

Abd, me dio un curso acelerado de menos preguntas, más vida y saber apreciar en el silencio el lenguaje del Universo, de la nada y de todo. En un momento cuando estoy saliendo del albergue, le pregunté – que lindo, ¿acá no hay viento?, era un día perfecto -No, ¡hay y muchoooo! con un gesto de manos también, es un regalo para ti de Dios- las lágrimas fueron inevitables.

Cuando se retiró el turbante, descubrí del todo el rostro de un niño de sonrisa ligera, otra forma no conoce, otros mundos menos aún, acá está todo, acá está el Sahara.

Me fui miré el cielo y me dije, ¡¡¡¡Sí!!!! abre tus alas Fabi y surca el cielo.

Extracto borrador de mí libro:

Me cosí Alas.

El viaje de mí vida.

 

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