Anécdotas de un corredor: “Como hace más de treinta años”

Por Cristian Malgioglio.

Ocho de la mañana suena el despertador, y como cada mañana infaltable a la cita durante más de treinta años, acude a mí el mismo pensamiento.

-Y si hoy, ¿te saltas el entrenamiento?.

E inmediatamente vuelve a disparar.

-Total que te saltes uno, no hace la diferencia.

Cuando estoy a punto de sucumbir ante la tentación de continuar en la cama, viene al rescate como siempre y desde hace más de treinta años el “yo salvador”, quien si compasión me insta con vehemencia a levantarme.

-Holgazán, ¿acaso crees por asomo que los sueños se vuelven reales durmiendo?.

Y replica sin tregua para aplacar toda duda.

-Si te fallas esta vez, ¿cómo garantizarás que esta condición no se volverá algo cotidiano y normal?.

 

Ante la contundencia de tales razonamientos y como hace más de treinta años vuelve a imponerse como casi todas las veces, en el veredicto final ese “yo salvador”.

De mal humor me preparo el desayuno, fastidiado por no tener la valentía suficiente de entregarme sin culpas ante las insinuaciones de la cama.

Miro por la ventana, trato de intuir mediante una rápida observación cuan baja puede ser la temperatura afuera.

Toda mi vida he detestado el frío y con los años tal padecimiento solo ha sabido crecer.

 

Me visto de prisa, podría decirse que hasta con urgencia, ya no hay dudas, han sido evacuadas por completo mas no así cierto nivel de desgano.

Salgo a la calle, el frío se apodera de todos mis sentidos, necesito moverme para ahogarlo con el calor que emanará de la acción.

 

Sin más preámbulos ya estoy desandando el camino, el frío poco a poco comienza a retirarse, el sentido de la percepción ahora libre se aboca a la tarea de recoger las sensaciones corporales y enviarlas al cerebro.

 

Kilómetro dos, mentalmente ya tengo decidido el circuito que haré esta mañana, el sol en pleno Este me saluda radiante.

Siempre me ocurre lo mismo, el disgusto experimentado al levantarme, a esta altura por el kilómetro tres ya ha sido totalmente suplantado por el más primitivo de los placeres.

 

Kilómetro cinco, de reojo testeo el reloj, los pulsos están dentro del rango planificado, ya he cubierto un tercio del entrenamiento matutino, las zancadas a estas latitudes se suceden una tras otra con toda naturalidad.

 

Kilómetro siete, alcanzo la velocidad crucero, la deseada hoy, pues al día posterior de unas pasadas es lo que corresponde en el menú, las persistentes agujetas en gemelos y cuádriceps no dejan de recordarme lo hostil que fue la pista con mi cuerpo la jornada de ayer.

 

Kilómetro diez, experimento una embriagadora mezcla de felicidad y libertad, los pensamientos se agolpan en mi mente, se autoconvocan ordenadamente para proyectar una especie de película, trata del futuro próximo y alcanzo a vislumbrar un final feliz. Habla de metas alcanzadas, de viajes, de amigos, de vivencias.

Habla de casi lo mismo que viene hablando hace más de treinta años, pero lejos de aburrirme la misma historia, por el contrario, sigue penetrando en lo más sensible de mi ser.

 

Kilómetro trece, llego al retome que anuncia el momento de volver y desandar los últimos dos kilómetros, empieza a tomar fuerza la idea de correr unos kilómetros más, porque no dieciocho en vez quince, no lo pienso mucho y me embarco de lleno en la nueva propuesta.

Muy a menudo me ocurre que empiezo la mañana envejecido y gastado, pero con el transcurrir de los kilómetros, cuerpo y mente van experimentando una metamorfosis, una especie de vitalidad y juventud va invadiendo cada órgano, derramándose generosamente por cada rincón, llegando incontenible hasta el más recóndito lugar de mi naturaleza.

 

Kilómetro quince, la decisión ha sido tomada y vamos por el bonus, tres kilómetros de extra y una vez más se repite la misma historia.

Tengo la idea acertada o equivocada, de que el hacer un poco más me dará esa minúscula mejoría que siempre he andado buscando, esa imperceptible mejoría que ha constituido la búsqueda de toda mi vida, y si bien en contadas ocasiones he presentido estar muy cerca de esa perfección tan ansiada, nunca he terminado por hallarla definitivamente.

 

Último kilómetro, tan solo me separan mil metros de la conclusión de la tarea matutina, hago un rápido y último testeo de mi cuerpo cual si se tratara de una máquina, todo sigue en orden nada que reprocharle, se ha comportado respetablemente bien a pesar del castigo al que le he sometido toda la semana.

 

No hay ningún dolor impeditivo, no hay sombras de las tan temidas lesiones, y vaya si conozco de ellas, las he tenido de todas las formas e intensidades, y que frustrante es lidiar y aprender a convivir con la impotencia de no poder correr.

El probar una y otra cosa y que nada resulte, solo en esos momentos uno comprende del privilegio que gozamos tan solo por poder correr sin dolores, después de más de treinta años en este deporte, me atrevo a decir que en esos momentos he aprendido más que en cualquier otra situación.

 

He terminado por esta mañana, por la tarde volveremos otra vez a desandar caminos y kilómetros, detengo el reloj, veo los datos almacenados en él, estoy satisfecho con lo que me devuelve y con las sensaciones experimentadas a lo largo de estos dieciocho kilómetros, camino cansinamente los pocos metros que me separan del umbral de mi casa, saboreo lentamente este momento y el placer que se desprende de haber finalizado una tarea bien hecha.

 

Giro y jalo el picaporte de la puerta. Y como hace más de treinta años, me digo:

“HOY SE VENCIÓ AL ENEMIGO MÁS CRUEL, UNO MISMO”.

     Por Cristian Malgioglio

 

Hitos de Cristian Malgioglio: 3º Maratón Internacional “A Pampa Traviesa” 2010, tres veces ganador Maratón Internacional de Mendoza, ganador Maratón de Mar del Plata 2000, ganador Maratón Córdoba 2015, Campeón y recordman de la Ultramaratón de Santa Rosa en 70k, tres veces Campeón Argentino Absoluto de 100k en carretera, tres veces miembro de la Selección Argentina Absoluta de Ultramaratón en carretera.

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